Cualquier jugador adelanta la pelota unos tres metros delante de donde se había cometido la falta. Un adversario, ni bien ingresa al área con la pelota dominada, cae desplomado ante el mínimo contacto con su marcador. Reclama penal. En otro estadio, muy lejos, un colega advierte sobre la dura infracción que recibió y exige al árbitro una amonestación, o expulsión, según sea la gravedad de la falta. El equipo va ganando, pero faltando pocos minutos, el contrincante marca el
descuento, entonces, el arquero local, retiene la pelota dentro de su propio arco, demorando la reanudación del juego. Hechos constantes y cotidianos en cada campo de juego profesional argentino en donde ruede una pelota. La lista continúa, es extensa, casi interminable. Histeria. Presiones. Ganar como sea. Todo pareciera ser una parodia a la filosofía maquiavélica: “el fin -la victoria-, siempre justifica los medios”.
descuento, entonces, el arquero local, retiene la pelota dentro de su propio arco, demorando la reanudación del juego. Hechos constantes y cotidianos en cada campo de juego profesional argentino en donde ruede una pelota. La lista continúa, es extensa, casi interminable. Histeria. Presiones. Ganar como sea. Todo pareciera ser una parodia a la filosofía maquiavélica: “el fin -la victoria-, siempre justifica los medios”. Pero todo esto no nace ni se expande de forma casual una vez que el jugador accede al profesionalismo. No se le inculca mientras está esperando su oportunidad sentado en el banco de los suplentes. No es contagioso, al menos mientras se está jugando por dinero. Todo viene de las raíces, de las inferiores, de los clubes de barrio. Histeria. Presiones. Ganar como sea. Nada de juego para niños que sólo deberían pensar en hacer del fútbol sólo eso, un juego, una diversión, un pasatiempo. Una tarde para compartir con amigos. Un noble ejercicio para el sano desarrollo del pequeño. Para después vendrán las presiones, las competencias, pero por propia elección del jugador. Así debería ser, así debería suceder. Cada vez con menor edad los chicos aprenden que en el fútbol lo más importante es competir y ganar. No importan las formas, lo primordial será lo que marque el tablero al finalizar el encuentro. Entrenadores que deberían transmitir tranquilidad y enseñar a los chicos los oficios de un bue
n futbolista (manejo de pelota, ubicación en el campo de juego, etcétera), dedican más tiempo a exigir a los gritos que a contribuir con el buen crecimiento futbolístico del chico. Nada de la enseñanza del ensayo y error. Ante la primera equivocación vendrá el reto, el castigo. Por otro lado, están ellos, los padres, visionarios que ven a sus hijos como futuras estrellas en tierras europeas y les exigen como tal. Extraño sería ver un encuentro de baby fútbol donde el silencio abunde y sólo se escuchen los pedidos acordes al juego de los chicos. Quién tenga la desgracia -en otras épocas era una bendición por el bien de sus hijos- de vivir cerca de un club de barrio, tendrá que tolerar los altísimos niveles de sonorización que producen esos padres y esos “docentes” del fútbol. Histeria. Presiones. Ganar como sea. Mientras desde abajo no se inculquen otros valores, difícilmente se pueda ver un espectáculo más leal cada fin de semana.
n futbolista (manejo de pelota, ubicación en el campo de juego, etcétera), dedican más tiempo a exigir a los gritos que a contribuir con el buen crecimiento futbolístico del chico. Nada de la enseñanza del ensayo y error. Ante la primera equivocación vendrá el reto, el castigo. Por otro lado, están ellos, los padres, visionarios que ven a sus hijos como futuras estrellas en tierras europeas y les exigen como tal. Extraño sería ver un encuentro de baby fútbol donde el silencio abunde y sólo se escuchen los pedidos acordes al juego de los chicos. Quién tenga la desgracia -en otras épocas era una bendición por el bien de sus hijos- de vivir cerca de un club de barrio, tendrá que tolerar los altísimos niveles de sonorización que producen esos padres y esos “docentes” del fútbol. Histeria. Presiones. Ganar como sea. Mientras desde abajo no se inculquen otros valores, difícilmente se pueda ver un espectáculo más leal cada fin de semana.

















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